Joder, cómo me gustaría no perderme esos ojos. Y esa
voz. Quiero tu voz. No sabes lo exquisita que es. No te haces una idea. Quiero tu voz en mis largas noches; tu
voz hablándome de viajes indescifrables y aventuras y cuéntame cómo hicieron
unos y otros para vivir, y no calles. No calles un segundo esta noche, acércate.
Así, susúrrame al oído las historias, los viejos parisinos, cómo les cambió la
vida a algunos, cómo otros se perdieron, se encontraron; dame toda tu bocanada,
me vendo a tu respiración. Dame del humo que guardas en los pulmones, el que no
quieres sacar para cualquiera, el que crees tú que te define. Deja tu pecho en
mi colchón esta noche. Tu perfume entre mis sábanas, entre los pliegues de mi
memoria. Deja el librito que te acompaña en mi mesilla, pero quédate. Invade mi
intimidad, te lo ruego. No dejes de mirarme y, por favor, no calles. Háblame,
susúrrame que te mueres por morderme el cuello; atraviésame el paladar con tu
sonido y déjalo, deja tu perfume entre mis sábanas. Deja tu muestra en cada
metro de esta habitación.
¿Cómo explicarte? Cómo explicarte. Que ya puedes,
que te sujeto, que he cerrado los locales para ti, he alquilado la libertad para
ti esta noche, ahora que la ciudad duerme. Abre la boca, alza tu aliento, alto,
muy alto, tu timbre traspasando los límites de mi razón. Haz que se espanten y
huyan todos ellos. Haz que sangren y se rompan. ¡Haz que les duela! A ellos. Ellos, los
asesinos, los cobradores. Las adulteradas, ellas. Ella (contable de tu cuerpo).
Conviértete en el eco de sus pasos al ir a comprar el pan. Haz que retumbe en
sus fachadas. Por favor, no calles.
Sol
Fonruge

Extraordinario texto. Enhorabuena.
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