martes, 16 de abril de 2013

Dime,

 
¿Nunca has sentido como si todo esto ya lo hubieras vivido antes?
No, no me refiero a un déjà vu. Quiero decir que un día te levantas, miras el reloj, la calle de enfrente, la gente pasando por tu lado, y no puedes evitar mirarte desde fuera. Piensas en lo que eres, lo que haces. En tus sueños de grandes metas indefinidas, con una vida de mar resplandeciente, sin todo lo que te trae de cabeza. Y te das cuenta de que así es como ha funcionado desde el principio. Estás rodeado de personas haciendo exactamente lo mismo. Te das cuenta de que no sabes definirte, ni a ti ni tu vida. Todo lo que dirías para tratar de explicárselo a un desconocido es nada. Es algo repetido. El mismo aire para respirar y el mismo planeta. El mismo hombre impaciente y ambicioso, el mismo sueño recurrente, en eterno retorno.
 
Sol Fonruge

sábado, 13 de abril de 2013

Un puñetazo.


“Si sólo se tratara
de abandonar el rastro de tu piel,
la espiga de aquel sueño malherido.
Si sólo se tratara
de llevarte conmigo como gesto
o extraña cicatriz,
de cerveza o conjuro en el camino.
Si sólo se tratara
de oler la flor y amor y ya el olvido.
Pero nunca tus ojos si sólo se tratara.”
Javier Egea
 

 
Duele. Sentir que es mi mano la que nos empuja por el acantilado. Que las rocas que nos van a partir en dos han sido producidas en mis sueños. Esperaba un puñetazo, pero no esperaba tu mirada. No puedo dejar de pensarlo: me muero, me muero, me muero. Aquí, en el estómago. Sí, ¿no ves nada? Es como que arde, al principio sólo era rojo, pero ahora es naranja, verde, morado, y quiero vomitar. ¿Por qué nadie mencionó nada de esto? ¿Es esto lo que hay que sentir, lo que todos sienten? ¿Cómo se aprende a vivir con tus ojos en mi retina?
Sol Fonruge.

 

 

sábado, 6 de abril de 2013

No hubo luz, sólo muerte.


"No hubo luz: sólo muerte.
Aquel hogar no era nuestra casa.
Si algún rescoldo queda
es un temblor extraño como una mala noche
que se me enreda ya por la garganta,
sabe a ginebra
y duele."
Javier Egea, Paseo de los tristes.

 

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto.

 
  
Fue un momento efímero. Tan rápido como vino, se fue. Sin embargo, duró lo suficiente para poder decir que lo extrañaba. Lo suficiente para tener que hacerse con la ausencia. Para tener que acostumbrarse a lo cotidiano. Fácil, para entonces había aprendido que gran parte del camino para la adaptación se encontraba en los demás. Si le dejaba, el mundo entero estaba encantado de hacer el trabajo. Estímulo, estímulo, estímulo… Y la respuesta casi venía dada. Casi nunca importaba, casi nadie escuchaba lo suficiente para reconocerse a sí mismo en la respuesta recibida. “Sí, sí, sí…”.

Y otro momento. Se abrió la ventana, entró la corriente. Y la corriente fueron tus pasos, pisoteando mi rincón secreto. Y fue la intolerable inyección de adrenalina en mi supuesta plenitud, que me abofeteaba sin pudor, “¡llevaba gritándote meses!”, me espetaba. El brillo de tus ojos se tradujo en posibilidad, y la luz que te iluminaba como de costado, la pasión que te envolvía, impregnando cada preposición, en demasiado real. Y esos aires de antihéroe pero sin el anti. Parecía que tenía que arder, que teníamos que arder. Era imperativo. Tu cuero, mi cuero… Y el ron.

No fue así. La normalidad se había infectado de melancolía. Lo cotidiano oprimía y hacía mella: sonaba a despedida en calles, pasos, besos. Era una despedida no fingida; sangrante y cruel. Dejaba la herida al descubierto, y ahora tenía que exhibirla como si de una cojera crónica se tratara. La posibilidad de ti se estampó contra mi barrera e interpretaste la luz que te iluminaba como un dedo acusador. Sin darme cuenta tus ojos eran herida. Tu pasión, tu cuero, el ron, herida. Y el fuego, cenizas.

Sol Fonruge.