"No hubo luz: sólo muerte.
Aquel hogar no era nuestra casa.
Si algún rescoldo queda
es un temblor extraño como una mala noche
que se me enreda ya por la garganta,
sabe a ginebra
y duele."
Javier Egea, Paseo de los tristes.
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| Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. |
Fue un momento efímero. Tan rápido como vino, se
fue. Sin embargo, duró lo suficiente para poder decir que lo extrañaba. Lo
suficiente para tener que hacerse con la ausencia. Para tener que acostumbrarse
a lo cotidiano. Fácil, para entonces había aprendido que gran parte del camino
para la adaptación se encontraba en los demás. Si le dejaba, el mundo entero
estaba encantado de hacer el trabajo. Estímulo, estímulo, estímulo… Y la
respuesta casi venía dada. Casi nunca importaba, casi nadie escuchaba lo
suficiente para reconocerse a sí mismo en la respuesta recibida. “Sí, sí, sí…”.
Y otro momento. Se abrió la ventana, entró la
corriente. Y la corriente fueron tus pasos, pisoteando mi rincón secreto. Y fue
la intolerable inyección de adrenalina en mi supuesta plenitud, que me
abofeteaba sin pudor, “¡llevaba gritándote meses!”, me espetaba. El brillo de
tus ojos se tradujo en posibilidad, y la luz que te iluminaba como de costado,
la pasión que te envolvía, impregnando cada preposición, en demasiado real. Y
esos aires de antihéroe pero sin el anti. Parecía que tenía que arder, que
teníamos que arder. Era imperativo. Tu cuero, mi cuero… Y el ron.
No fue así. La normalidad se había infectado de
melancolía. Lo cotidiano oprimía y hacía mella: sonaba a despedida en calles,
pasos, besos. Era una despedida no fingida; sangrante y cruel. Dejaba la herida
al descubierto, y ahora tenía que exhibirla como si de una cojera crónica se
tratara. La posibilidad de ti se estampó contra mi barrera e interpretaste la
luz que te iluminaba como un dedo acusador. Sin darme cuenta tus ojos eran
herida. Tu pasión, tu cuero, el ron, herida. Y el fuego, cenizas.
Sol
Fonruge.